venerdì 17 ottobre 2008

Sabrina La De Las Tetas

Sabrina La De Las Tetas


  • —?Tiene hijos? —me soltó de pronto.
  • Pero no importa. Mirando los ojos de Cristina sabe que da igual que las palabras sean suyas o de otro mientras hagan salir lo que en este instante ve en sus ojos.
  • —Me puso una denuncia, ?sabe? —dijo con cierto tono de fiereza en la voz.
  • Dudé un momento si debía seguir contándole más detalles, pero opté por callarme.
  • Quizá se debiese a que tempranamente, en su ninez, le había causado temor eso de actuar, aquello de interpretar sabrina la de las tetas un papel sin saber si era su verdadero rol o el de otro.
  • Desiderio le está abriendo con su gesto, con su mirada, está levantando el peso mayor de su existencia. Está desafiando a la gravedad con una pausa que se abre paso entre el ruido de la desolación.
  • El mayor espectáculo del mundo. Miembros por el aire. Partituras ridículas hechas anicos.
  • Julián busca algo en sus bolsillos. Yo ya sé qué es. Saca una bolsita de plástico, transparente, llena de un polvo blanco, muy sabrina la de las tetas fino. Hemos bebido mucho, ya lo he dicho. Desde donde estoy sentada puedo ver el faro, imponente, de planta cuadrada, a mi izquierda. Arriba, muy arriba, nos mira, nos observa.
  • Ve en sus suenos, los suenos de los marineros que se conjugan con el atardecer, abigarrados al olor de tripas de pescado y resina.
  • —Mi mujer se fue a vivir a otra ciudad hace más de un ano —le dije al fin.
  • —No se imagina lo que hay por ahí —me dijo con una mueca burlona en la cara y acercando su corpachón a escasos centímetros de mí.
  • Nicolás había dormido toda una noche de un tirón), sabrina la de las tetas imitaba mentalmente el timbrazo del teléfono. Se imaginaba a sí mismo poniéndose en pie, con el corazón a punto de estallar, abalanzándose hacia el teléfono, olvidando la contestación de rigor: “Castellano”, para emitir un angustiado: “?siii?”
  • La caravana está ardiendo, no cabe duda. Se queda perplejo frente al fuego durante unos instantes, frente al cadáver, en un olvido de sí. Abre la puerta que comunica con la cabina. Los asientos están ardiendo. El conductor está ardiendo. Desiderio tiene que saltar, o bien sabrina la de las tetas entregarse a la virtud purificadora del fuego. Tiene que saltar. Si sobrevive no podrán imputarle ningún crimen.
  • No noto sus dentelladas arrancándome pedazos de carne, pero sé que me consumen a grandes bocados, que lamen mis huesos convertidos en simple carrona. Luego las veo metamorfosearse en mariposas gigantes, con tres pares de alas formidables, aniles, maravillosas.
  • No, no puede ser. Cristina ha conocido a alguien, alguien que no es Juan; se enamoró pero se le ha pasado. Lo malo es que él la rodea con su cerco y ella quiere ser su amiga. Quiere agradecerle el despertar que le brindó.
  • Y todavía hoy, al pensar en mi madre, la imagino vestida de blanco, con alas y una corona de oro adornada con piedras preciosas, relucientes y deslumbrantes, tal y como ella era…



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